La Vida Preterrenal
Todos tenemos decisiones importantes que debemos
tomar en esta vida. Algunas de estas decisiones
importantes incluyen lo que debo hacer con la vida.
Muchos de los que no eran miembros de la iglesia
tuvieron que tomar una decisión muy difícil de
escuchar a los misioneros o no. Otros que son miembros
de la iglesia necesitan decidir si servirán en una
misión,
Si deberían casarse o si deberían ir a la
escuela. Otros deciden qué deben hacer para su trabajo
su profesión. Todas estas son decisiones muy
importantes que deben tomarse.
Tales decisiones
importantes deben tomarse utilizando una perspectiva
eterna.
Hoy quiero hablarte sobre nuestra
vida premortal, o la vida preterrenal. Cuando nos
enfocamos en las verdades del evangelio, es más fácil
tomar las decisiones correctas.
Muchos de
ustedes recordarán antes de ser miembros de la iglesia
es posible que te hayas hecho las siguientes
preguntas: De donde vengo ¿Por qué estoy aquí en la
tierra? ¿A dónde iré después de esta vida?
Comprender el Plan de Salvación es clave para
comprender nuestro papel personal en el reino de Dios
y nuestra parte en su glorioso plan.
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Lo que sabemos
sobre la vida preterrenal
POR NORMAN W. GARDNER
A un joven que había decidido casarse en lugar de
servir en una misión se le persuadió a que primero
recibiera la bendición patriarcal. “…durante la
bendición vislumbró quién había sido en el mundo
preterrenal. Vio lo valiente y convincente que había
sido en persuadir a los demás a seguir a Cristo. Al
saber quién era en verdad, ¿cómo podía rehusar servir
en una misión?” (Randall L. Ridd, “La generación
escogida”, Liahona, mayo de 2014, pág. 57). Ése es tan
sólo un ejemplo del modo en que el conocimiento de la
vida preterrenal puede marcar la diferencia para
nosotros.
Saber que somos seres eternos con
padres celestiales nos cambia la vida al ayudar a
vernos a nosotros mismos y a nuestra vida desde una
perspectiva verdaderamente eterna.
Es sencillo
responder la pregunta: “¿Cuántos años tienes?”. Los
cumpleaños indican la edad del cuerpo físico; no
obstante, somos mucho mayores que eso. Cada uno de
nosotros “es un amado hijo o hija procreado como
espíritu por padres celestiales” con “una naturaleza y
un destino divinos” (“La Familia: Una Proclamación
para el Mundo”, Liahona, noviembre. de 2010, pág.
129). Antes de que se crearan nuestros cuerpos
espirituales, cada uno existía como “inteligencia”, la
cual “no tuvo principio, ni tendrá fin” (Enseñanzas de
los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág.
221; véase también D. y C. 93:29).
En la vida
preterrenal recibimos lecciones que nos prepararon
para ayudar al Padre Celestial a llevar a cabo la
salvación de Sus hijos (véase D. y C. 138:56). También
teníamos la libertad de escoger seguir y obedecer a
Dios. Algunos de los hijos del Padre sobresalieron por
causa de su “fe excepcional y buenas obras” y se les
preordenó, o se les dieron asignaciones, para que
sirvieran de maneras específicas en la Tierra (Alma
13:3). El más grande entre aquellos que siguieron al
Padre Celestial en aquel entonces fue Su primer hijo
nacido en el espíritu, Jesús el Cristo, o Jehová, como
se lo conocía allí.
El profeta José Smith
explicó que, mientras nos hallábamos en nuestro estado
preterrenal, todos estuvimos presentes cuando Dios el
Padre explicó Su plan para la salvación de Sus hijos.
Aprendimos que haría falta un Salvador para vencer los
problemas, y las condiciones de la vida mortal (Véase
Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José
Smith, pág. 220.
Nuestro Padre Celestial
preguntó: “¿A quién enviaré [para que sea el
Salvador]?”. Jesucristo respondió: “Heme aquí;
envíame” (Abraham 3:27). Él fue el “Amado” y el
“Escogido [del Padre] desde el principio” (Moisés 4:2)
y siempre estuvo destinado a desempeñar esa función.
Pero Lucifer interrumpió y se ofreció en ese momento
junto con una propuesta que hubiera destruido el
albedrío del hombre y lo hubiese exaltado a él por
encima del trono de Dios (véase Moisés 4:1–4). Nuestro
Padre Celestial contestó: “Enviaré al primero”
(Abraham 3:27). Lucifer se rebeló y se lo llegó a
conocer como Satanás.
La división entre los
espíritus causó una guerra en los cielos. La tercera
parte de los hijos de Dios se apartó de Él y siguió a
Satanás (véase D. y C. 29:36–37). A aquellos espíritus
rebeldes se les negó la posibilidad de recibir cuerpos
físicos, se los arrojó a la Tierra y siguen haciendo
la guerra a los santos de Dios (véase D. y C.
76:25–29). El resto de los hijos de Dios se regocijó
porque podría venir a la tierra y porque se escogió a
Jesucristo para vencer el pecado y la muerte (véase
Job 38:7).
En la vida preterrenal obtuvimos
conocimiento del Evangelio, un testimonio y fe en el
Salvador y en Su expiación. Eso llegó a constituir una
protección y una fortaleza importantes en la guerra de
los cielos. Quienes siguieron a Dios vencieron a
Satanás y a los ángeles de éste “por medio de la
sangre del Cordero y de la palabra de su testimonio”
(Apocalipsis 12:11). Al aprender el Evangelio y
obtener un testimonio aquí en la Tierra, en realidad
volvemos a aprender lo que una vez supimos y sentimos
en nuestra vida preterrenal.
Así como no
podemos recordar los primeros años de la vida
terrenal, nuestros recuerdos de la vida preterrenal se
han reprimido. Eso fue necesario para ayudarnos a
andar por la fe y prepararnos para llegar a ser
semejantes a Él. No obstante, podemos tener la
seguridad de que conocimos y amamos a nuestro Padre
Celestial. El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994)
prometió que “nada nos sorprenderá más que, al pasar
al otro lado del velo… darnos cuenta de lo bien que
conocemos a nuestro Padre y lo familiar que nos es Su
rostro” (“Lo que podemos darle al Señor”, Liahona,
diciembre de 1987, pág 5).
El presidente Boyd
K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce
Apóstoles, enseñó: “No hay forma de que la vida tenga
sentido si no existe el conocimiento de la doctrina de
una vida preterrenal… Cuando llegamos a comprender la
doctrina de la vida preterrenal, entonces las piezas
encajan y tienen sentido” (“El misterio de la vida”,
Liahona, enero de 1984, de pág. 26).
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Liahona Abril 1987
Publicado el mayo 2, 2017por
Biblioteca SUD
“Bien, buen siervo y fiel”
por
Esnil Acosta
Era una conferencia misional muy
especial, ya que nuestro presidente de misión iba a
ser relevado y él compartía su testimonio con nosotros
por última vez.
Nos sentíamos un poco tristes
por tener que despedimos de ese buen hombre; él había
trabajado arduamente para hacer la voluntad del Señor
y ya los años habían dejado su huella en él; pero a
pesar de su cansancio, hablaba con gran seguridad y
entusiasmo.
En su’discurso nos relató una
experiencia que me ha hecho reflexionar muchas veces
sobre mi servicio en la Iglesia. Dijo que al volver de
una conferencia realizada en la ciudad de Salto, en
Uruguay, se había preguntado sí había hecho todo lo
que el Señor deseaba que hiciera. Mientras meditaba
sobre este asunto, de repente sintió como si el Señor
le hubiera puesto la mano en el hombro y le hubiera
dicho: “Hijo mío, has hecho todo lo que te he mandado.
Vuelve en paz a tu casa; has sido fiel y estoy
complacido con tus esfuerzos”. Esto le causó un gran
alivio y gozo, porque antes no sabía cuál era su
condición ante Dios.
Hizo una breve pausa, y
después siguió diciendo:
“Los mejores
misioneros no son aquellos que logran la mayor
cantidad de bautismos, ni presentan el mayor número
de charlas, o los que conocen más de la doctrina; los
mejores misioneros son aquellos que; al terminar la
misión, se sienten como si el Señor pudiera ponerles
la mano en el hombro y les dijera: ‘Hijo mío, has
hecho todo lo que te he mandado. Estoy complacido con
tus esfuerzos’.”
Varias semanas después de
aquella conferencia, tuvimos otra con nuestro nuevo
presidente de misión, el élder Gene R. Cook. En una
entrevista que tuve con él, me dijo que consideraba
que yo tenía un buen espíritu y que Dios esperaba
mucho de mí. Dijo también que sabía que yo podía hacer
más de lo que estaba haciendo y ser un misionero
mejor.
Medité profundamente sus palabras, así
como las que nos había dejado nuestro ex presidente de
misión. Busqué la inspiración del espíritu y le dije a
Dios que trabajaría arduamente durante el resto de mi
misión para traerle almas, y así lo hice, dedicando
todos mis esfuerzos al cumplimiento de la misión que
El me había encomendado. Sin embargo, al llegar casi
al final de mi misión, todavía no había sentido lo que
mi primer presidente había experimentado, es decir, la
confirmación de que Dios aceptaba mí labor.
Seguí trabajando mucho, y el último día de mi misión –
nuestro día de preparación – mi compañero y yo
bautizamos a una joven familia muy especial.
Cuando volví a la casa de la misión, que quedaba en
Montevideo, el presidente Cook me entrevistó por
última vez. Juntos ofrecimos una oración, y después él
me preguntó si había algo sobre lo que deseara
conversar en particular. Lo pensé por un momento, pero
finalmente decidí no molestarle con mi deseo de
recibir una confirmación de que el Señor estaba
satisfecho con mí labor. Entonces, como si él
adivinara mis pensamientos, me miró a los ojos y me
dijo: “Eider Acosta, el Espíritu me dice que el Señor
está complacido con usted por sus esfuerzos, y siento
que puede volver tranquilo a casa. Me parece que esto
le ha estado preocupando”.
Con lágrimas en los
ojos le dije que sí, que eso había estado
preocupándome, pero que ahora podría volver a casa
contento porque sabía que el Señor estaba complacido
con mis esfuerzos misionales. Me invadió entonces una
paz interior, la cual me confirmó que así era.
Varios años han pasado desde ese día, y he relatado
muchas veces estas experiencias para que otras
personas entiendan que podemos recibir la aprobación
del Señor por la labor que realicemos. Creo que el
tener este sentimiento nos permite evaluar nuestros
esfuerzos, determinar si lo que estamos haciendo está
bien o no, corregir nuestros errores y, de esta
manera, seguir progresando a lo largo de nuestra vida.
Tal vez Pablo sentía algo parecido cuando dijo:
“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera,
he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la
corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez
justo, en aquel día.” (2 Tim. 4:7 – 8.)
Que
todos vivamos de tal manera, que el Señor pueda
decirnos: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has
sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de
tu señor.” (Mateo 25:21.)
En conclusión...
Saber de dónde venimos antes de esta vida nos
ayuda a comprender nuestro propósito divino aquí en la
tierra. Que siempre recordemos quiénes somos: hijos e
hijas de Dios. No estamos aquí por casualidad. Estamos
aquí con cita previa. No somos perfectos, ni podemos
estar en esta vida. Pero podemos ser dignos de las
bendiciones que recibimos. Podemos arrepentirnos y
hacerlo mejor. Podemos regresar a nuestro padre
celestial con honor.
Todos podemos recibir
esta confirmacion de Dios ahora. Es mi oración que
todos podamos escuchar las palabras, y recibir la
confirmacion que recibieron los dos misioneros, el
Elder Acosta, y mi sobrino David. Y que gozo tendremos
al pasar de esta vida, de escuchar de nuestro Señor y
Salvador Jesucristo, las palabras:
"Bienvenido, mi buen y fiel
servidor. Ven a mi presencia. Tengo un lugar preparado para ti".
¡Qué alegría volver con honor! Que esta sea nuestra
meta y nuestra realidad futura es mi oración en el nombre de
Jesucristo, Amén.